NACE EN FUENGIROLA (1941).
TRAYECTORIA: DOCENTE DE PROFESIÓN, FUE EL PRIMER ALCALDE DE CÓRDOBA EN LA TRANSICIÓN Y COORDINADOR GENERAL DE IU.
Una década ha pasado desde que Julio Anguita se jubiló de profesor en
el instituto Blas Infante, después de haberlo hecho dos años antes de
la alta política, que tantas alegrías y pesares le dio. Hoy, más sereno y
relajado que nunca, desaparecido ya quizá para siempre aquel Anguita de
crispación contenida tras maneras educadas al que lo abocaron los
vaivenes de la cosa pública, este hombre encanecido por los años, pero
no vencido, mira atrás y dice que si algo le enseñó su paso por la
Alcaldía de Córdoba, y luego por la dirección del Partido Comunista y la
secretaría general de Izquierda Unida fue "saber aguantar y no doblar
nunca la rodilla".
Y así sigue, fiel a sus ideas, a la gente que quiere y a sí mismo.
Todo pasión, aunque se lo prohiban los médicos. Como corresponde al gran
romántico que es en todos los terrenos de la vida. Esta entrevista,
mantenida en su piso de la calle Agustín Moreno, junto a La Magdalena
--el barrio al que volvió arrastrado por los recuerdos-- da cuenta de la
paulatina construcción de un personaje que, a su pesar, roza ya el
mito. Más allá de la política y sus veleidades.
--¿Echa algo de menos?
--La enseñanza sí. Mi paso por Madrid lo recuerdo, pero no lo echo de
menos. Hice lo que tenía que hacer. No fui a Madrid voluntario, las
circunstancias fueron forzadas. Ahora, lo mío ha sido la enseñanza, y la
ejercí también en la política.
--¿Qué hace ahora?
--A las 7.30 estoy nadando en el gimnasio. Hago un kilómetro,
cincuenta y tantos largos. Desayuno en el bar, compro el periódico y me
pongo a contestar la correspondencia, preparar conferencias o, como
ahora, escribir un libro sobre la III República. Y por la tarde voy a
reuniones del colectivo Prometeo o del Frente Cívico. Eso si no estoy de
viaje. El último ha sido para presentar mi libro
Combates de este tiempo .
--En otro libro, 'Corazón rojo', contó cómo se vive después
de dos infartos, una angina de pecho y la colocación de un triple
by-pass. Y fue tan estimulante para otros muchos 'infartados', que el
libro va ya por la sexta edición. ¿Qué quiso transmitir?
--Me lo aconsejó mi médico, José María Maroto, y me pareció bien. Yo
quería explicar por qué se produjo el infarto en mi caso, cómo a una
persona que había sido de pasear muchísimo le llega la actividad
sedentaria en el despacho de la Alcaldía, luego come con prisa para
llegar al Congreso, las tensiones... y un mínimo de tres paquetes
diarios de Ducados. Pero también quería contar cómo cosas que parecen
importantes no lo son. Asumes que la vida es un paréntesis y relativizas
todo.
--A pesar de su timidez, le debió de gustar eso de desnudarse
por escrito, porque repitió con otro libro aún más personal, 'El tiempo
y la memoria'.
--Vamos a ver, yo nunca me he desnudado del todo ni lo haré
--puntualiza--. El libro obedece a una necesidad de contar unas
angustias vitales, pero sobre todo políticas. He pasado situaciones muy
difíciles, tengo un archivo extraordinario. Y he visto, no voy a hablar
de mí, el maltrato que se dio a otros compañeros que dijeron cosas que
hoy se están cumpliendo: Maastricht, la moneda única, la construcción
europea... Lo del tiempo es porque para mí la política es un arte
agrario, ves que pasa el sol, la luna, cae el agua. No hay prisa. Y la
memoria: yo estudié historia porque quería conocer el presente. Y en
medio de esos dos parámetros, la pasión.
El tiempo y la memoria estarán presentes en nuestra larga
conversación de esta mañana lluviosa, tan propicia para la confidencia y
la vuelta al pasado. Menos mal que dos periquitos impedirán con sus
trinos impertinentes una caída en la melancolía. Empezamos por el
principio, su nacimiento en Fuengirola, donde solo vivió tres meses.
"Fue porque mi abuelo Mateo era practicante y mi abuela Artemisa
matrona; habían trabajado en Córdoba en la Beneficencia y pusieron una
clínica en Fuengirola. Mi madre, que vivía con ellos, conoció allí a mi
padre en plena guerra, y aunque se fueron a vivir a Sevilla, cuando dio a
luz fue en busca de los
técnicos ".
--Pocos saben que hasta los cinco años vivió con sus otros
abuelos en Galicia. Para mí que de ahí le viene esa cierta propensión a
la nostalgia.
--Soy nostálgico, sí, siempre hay algo que queda atrás. Pero no creo que se me pegara nada, era muy pequeño. Solo recuerdo el
olor fuerte del eucalipto macho, que me encanta. Vivía en Villagarcía
de Arosa con mis abuelos paternos porque a mi padre, que era militar,
lo llamaron para combatir en los Pirineos, mira por dónde, a la
guerrilla comunista, y mi madre lo acompañó.
--Ha contado que su abuelo le enseñó a leer con tres años.
Siendo militar, y en aquella época del primer franquismo, sería un señor
muy recto, ¿no?
--Era entrañable. Hijo de guardia civil, él y sus cinco hermanos se
quedaron pronto huérfanos, y desde Jaén se vino a trabajar a Córdoba de
criadito de doña Jesusa, en un palacio del Realejo. Luego fue carabinero
en Sevilla, y cuando se jubiló estuvo de zapatero en el convento de los
Trinitarios. Yo conocí sus tres huertas con sus tres albercas; allí los
frailes, que eran vascos casi todos, jugaban al frontón. Después,
siendo mi abuelo Julio auxiliar de la biblioteca de Círculo de la
Amistad, puso en mis manos libros como
Fausto , que a mí con 14 años me fascinó por el goce de la transgresión.
--¿Cómo eran sus padres?
--Mi madre vive, con 91 años. Mi padre era un hombre curioso.
Figúrate, un militar en aquella época ayudando a mi madre a fregar.
Tenía una prestancia que parecía general, y era subteniente. Era
conservador, pero crítico. Y muy digno en su profesión, no consintió
nunca que un soldado le limpiase las botas.
Fue precisamente un nuevo destino militar del padre el que trajo a
Córdoba por vez primera a aquel niño de ojazos asombrados al que, ya
desde entonces, le gustaba observar sin ser visto. Tenía seis años y
llegó acompañado de los abuelos que hasta entonces habían sido como
padres para él. "Me encontré con mis padres, que para mí eran intrusos
en mi pequeño mundo", dice. Se establecieron en el número 5 de la calle
Julio Alarcón, en Cañero Viejo, en una casa alquilada con un enorme
patio en el que su abuelo criaba gallinas, y una azotea donde su padre y
él dormían en las noches de verano. "Llegué a Córdoba en 1947, el año
en que murió Manolete. Recuerdo que salimos a ver la ambulancia que
traía el cadáver del torero --apunta--. También vi la entrada en coche
de Franco, al que hicieron un arco triunfal a la altura de la gasolinera
de Vilches, que estaba a la entrada a La Viñuela".
--Antes de la fiebre constructora de Fray Albino, Cañero estaría todavía a medio hacer.
--Aquello eran huertas, habría ocho o diez calles, lo demás era
campo. A veces llegaba un señor con un carro de jabón, lo echaba a la
calle y las vecinas lo cogían. Era un barrio extremo. De allí salía a la
Feria de Mayo, mi padre le daba a mi abuelo 15 pesetas para que me
llevara. Otras cosas que recuerdo son la Choza del Cojo, donde iba de
perol con mi familia; la Huerta Viñuela del rejoneador Antonio Cañero,
de la que salía a pasear en coche de caballos, y la plaza de los
Trinitarios, que llamaban Jardín del Alpargate, donde yo jugaba. Mi
abuelo tenía allí una hermana turronera. Conocía a Ogallas, el del bar,
que fue alcalde de barrio. También a los Churumbaques, una familia de
cantaores que vivía en la calle Los Frailes.
--Pero el barrio que de verdad lo marcó fue el de la Magdalena. ¿No es así?
--En este salón donde estamos había una biblioteca, la de la casa de
los plateros González Herrera. Mis padres tenían amistad con ellos, y
aquí estaba mi refugio para leer. En este barrio están mis primeras
vivencias de lo que yo llamo las vísceras de la calle. Estaban las
tabernas de Los Gallegos, una frente a otra, y como eran primos los
dueños se auxiliaban cuando en aquel mundo marginal surgían peleas de
navajas. Y los tacos más retorcidos los he escuchado entre las vecinas.
Pero se pasaba mal y la gente se ayudaba. Lo recuerdo como en la
película
Amarcord .
--Sí, suena todo muy felliniano.
--Totalmente ¡Cómo entiendo yo esas películas! Por lo demás, el
barrio está igual. Salvo que donde está Derecho estaba el Sanatorio
Antituberculoso, y después la Casa Cuna. Hasta que el Ayuntamiento que
yo presidí y la Diputación pusieron dinero y se hizo la facultad.
--¿A qué colegios fue?
--Primero a una maestra
miga de San Andrés, doña Paca, que
había sido maestra de mi madre. Cuando teníamos ganas de orinar íbamos a
un cuarto oscuro con dos cubos, uno para niños y otro para niñas.
Después mi padre me llevó a la Academia His
pana, donde están hoy las oficinas de Cajasur en Gran Capitán; entré
de párvulo y salí de bachiller superior. Y en cuanto a los profesores,
me acuerdo de todos.
--¿Qué nació primero en usted, su vocación docente o el tirón de la
lucha social?
--Yo estudié Magisterio porque no podía estudiar otra cosa --aquí
solo había eso y Peritos, que no me gustaba--, pero luego me di cuenta
de que acerté. Después hice Filosofía y Letras porque quería ser
profesor universitario, pero no pudo ser.
Se cruzó la política, que lo llevó a la Alcaldía y luego a hacer
carrera --brillante, como es sabido-- en Sevilla y Madrid. Pero antes
tuvo tiempo de ejercer de maestro entusiasta, de los que creen que en la
formación de un niño está el futuro del mundo, mientras se despertaba
su conciencia social. Sucedió en Montilla, su primer destino docente, a
la sombra de un volteriano de pro, el profesor y dramaturgo Rafael
Balsera del Pino, la persona que según confiesa Anguita más le ha
influido en la vida. "Empecé a ver cómo vivía la gente, vi a un chaval
de inteligencia superior irse a guardar marranos porque la familia lo
necesitaba --lamenta--. Y yo que en un tiempo hasta pensé meterme a
carmelita, aunque en materia de religión iba por libre, como después me
ha pasado en el PCE, vi que había inconsistencias, tuve una crisis
tremenda y abandoné la fe".
--¿Cómo le fue en Montilla?
--En la escuela veías la penuria de la época, y el sufrimiento del
magisterio. En el grupo estaba Herminio Trigo, que daba clase en otro
sitio. Salíamos a pasear con Rafael Balsera, hablábamos de música y
muchas cosas. Y en mí, que había leído todo lo leíble de los autores de
derechas, se levantó un odio tremendo al Régimen y empecé a leer el
Manifiesto Comunista y a Sastre.
--Supongo que trabajar en el barrio del Naranjo, ya de vuelta
a Córdoba, también estimularía su rebeldía social, porque entonces era
una de las zonas más deprimidas de la capital.
--Yo ya estaba en esa onda cuando llegué al Naranjo. Estudiando
Historia Moderna y Contemporánea en Barcelona fui alumno de los alumnos
de Vicens Vives y conceptualmente mi rebeldía quedó armada.
--¿Por qué se hizo comunista?
--Primero milito en la Comuna Revolucionaria de Acción Social (CRAS),
un grupo de profesores todo el día debatiendo, en una especie de
onanismo mental. Y una hermana de mi mujer (se refiere a la primera,
Antonia Parrado, porque luego se ha emparejado otras dos veces) estaba
en el Partido. En fin, que yo no estaba pero estaba. Mi opción fue
doble, por un lado porque el PCE era el banderín de enganche más
importante para luchar contra la dictadura, y porque encontraba en la
proyección teórica de los grandes maestros que estudié la satisfacción
de una sociedad distinta. Mi visión del comunismo ha sido muy sui
generis, no soy comunista 'de misa y olla'. Reivindico mi parcela de
libertad de pensamiento.
--¿Cómo era en Córdoba aquel PCE de la clandestinidad, tan perseguido por el franquismo, al que se afilió en 1972?
--Era un PCE muy disciplinado que había tenido caídas muy gordas,
como la redada policial del 71. Gente muy entregada, con una fe
admirable, si no esto no hubiese aguantado. Cuando yo, que era un señor
desconocido, salgo alcalde es porque las bases están ahí.
Desde el principio Anguita mostró una labia brillante y control del
escenario, pero no podía imaginar que acabaría revolucionando la
izquierda desde ese PCE del que fue entre 1988 y 1998 secretario
general. "Yo era de los que elaboran trabajos y tal, y cuando hacen las
listas a las municipales de 1979 dicen "este". Y ni me estremecí, porque
creía que no salíamos --asegura--. El primer mitin que di en mi vida
fue en Castro del Río. Había allí tantas banderas rojas que aquello
parecía
Novecento. Ildefonso Jiménez suelta su pieza oratoria
obrera, como Dios manda, y yo empiezo a hablar pausado desmontando el
franquismo. Hubo una ovación que se caía el teatro. Mi impronta fue el
mitin didáctico, y de 8 proyectados pasé a 32. Mi sello ha sido dar
conocimiento a la gente, ponerla a pensar".
--Ahora sigue siendo el Pepito Grillo de IU. Pide
constantemente su refundación y una regeneración social a través de un
frente cívico. ¿No se cansa de nadar a contracorriente?
--Te cuento el símil de las vacas. Cuando he sido secretario general
del PCE y coordinador general de IU yo he sido una vaca como las otras,
pero con tendencia a rumiar sola. Pero yo lo que estoy diciendo ahora ya
lo había dicho en el Comité Central y en el Consejo Político Federal de
IU. He publicado que los partidos comunistas tienen que cambiar, en
nombre del comunismo precisamente. Siempre molesta quien nos estorba la
modorra.
--De temas locales, en cambio, no opina. Pero, como sigue creyendo en la utopía, cuente cómo sería su Córdoba ideal.
--(Ríe) Es inviable hasta que los cordobeses no cambiemos. Hay muchos cordobitas.
Entrevista editada en el
Diario Córdoba